Ganadores del Concurso de Microrrelatos de Ciencia-Ficción “2051”

Feria del libro

El pasado miércoles 30 de mayo se hizó público el fallo del Jurado del concurso 2051: Microrrelatos para una univesidad de ciencia-ficción, organizado por la UNED en colaboración con la Escuela de Escritores. Los premios se dieron en un acto celebrado en la Feria del Libro.

El plazo de presentación finalizó el 25 de mayo a las 14h. Podrían participar en cualquiera de estas dos categorías: Estudiantes y trabajadores de la UNED; y Amigos de la UNED. Los microrrelatos presentados tenían que estar escritos en español y no podían superar los 2.051 caracteres.

El Jurado esta formado por el director del Departamento de Literatura Española de la UNED, José Romera Castillo, el Decano de la Facultad de Filología de la UNED, Antonio Moreno Hernández y el escritor y jefe de estudios del Máster de Narrativa de Escuelas de Escritores, Ignacio Ferrando.

Cada uno de los ganadores obtendrá un premio de 500 €, el reconocimiento de la comunidad universitaria y la matrícula en un curso intensivo on-line en la Escuela de Escritores.

Reunido el Jurado mencionado anteriormente han acordado la elección de los ganadores y la selección de segundos clasificados, de cada categoría.

¡¡¡¡Enhorabuena a los ganadores y finalistas!!!!

Microrrelato ganador y finalista en la categoría “Estudiantes y trabajadores de la UNED”

Microrrelato Ganador: “Las lágrimas de Harlan”, autor José Ignacio del Barco Gutiérrez-Zamora, de Alicante (España)

24/06/2051. Una lágrima se deslizaba lentamente por la mejilla de Harlan Morrison, profesor del departamento de Manifestaciones Artísticas Arcaicas en el Institute of Information de la Universidad de Stonage. Harlan enseñaba a sus alumnos a interpretar la información del pasado a través del cine. Acostado en su cama repetía, sin pronunciarlas, las palabras finales de la escena de Blade Runner que se proyectaba sobre la pantalla cenital de su cubículo: “… y todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia… es hora de morir”. El silencio llenó la habitación una vez que la imagen se diluyó hasta desaparecer. En su mente flotaban las palabras del replicante: “Es hora de morir”. Cuando tenía 28 años, Harlan había recibido su primer nanoimplante de memoria. Tuvo que ahorrar casi una década hasta conseguir el dinero suficiente, pero gracias a ese y a sucesivos implantes consiguió su puesto de profesor. La universidad hacía años que no otorgaba titulaciones para toda la vida. El conocimiento caducaba deprisa, era líquido e inestable. Pero sobre todo, estaba fuera de los individuos. Todo lo que había que saber se encontraba en Cloudnet, la nube digital controlada por Micronet Incorporated. El cerebro de Harlan había llegado al límite. No podía soportar más implantes de memoria. Dentro de tan sólo un año perdería su trabajo. Quedaría “obsoleto” y sería reemplazado. Alargó su mano derecha hasta alcanzar el teclado de su unidad de control neuronal e introdujo la clave de acceso. Otra lágrima se deslizó por su mejilla, esta vez velozmente, empujada por la gravedad hacia la almohada. Desde el habitáculo contiguo su compañera Loys oyó como Harlan repetía, sílaba a sílaba, despacio, llenando de sentido cada una de las palabras hasta que rebosaron resignación: “Es hora de morir”. Harlan Morrison colocó el teclado sobre su pecho. Un instante después, la tecla “suprimir” cedió a la presión de su dedo índice. En ese preciso momento todos sus recuerdos se perdieron, también, como lágrimas en la lluvia.

Microrrelato clasificado en segundo lugar: “Un futuro útil”, autor Héctor Jaén Borreguero, de Madrid (España)

El profesor 23 termina por fin la clase. Ha explicado con eficiencia el funcionamiento de los compresores volumétricos. Deja su láser en la mesa y espera con aire obnubilado a que salgamos de la gigantesca aula. Nos mira pero no nos mira. Cruza su mirada con la mía y siento cómo me atraviesa de forma implacable, rumbo a un destino incierto. El profesor 23 siempre me ha preocupado. Creo que piensa demasiado y eso nunca es bueno. Siento un impulso repentino de observarle sin que se dé cuenta. Decido permanecer cerca de la entrada del aula sobre la que se arroja una sombra oportuna. El profesor 23 ya está solo. Era la última clase en la universidad y la quietud es total. Todavía con aire sombrío, el profesor rodea su escritorio y se sienta en su antiséptica silla. ¿Por qué no se marcha? – me pregunto bastante desconcertado. De pronto saca de un cajón un libro, lo abre por una de las páginas y comienza a leer en voz alta, como dirigiéndose a una clase llena. Es la primera vez en mi vida que veo un libro de verdad. La lectura del profesor es totalmente incomprensible pero me atrapa desde el primer instante. Habla en mi idioma pero no entiendo casi ninguna de las palabras que salen de su boca. Habla de un tal Dante y un tal Shakespeare, de óleos y esculturas, de la voluntad de poder, de la “mauvaise foi” y de un largo etcétera que me mantiene petrificado. El censor podría escucharlo y arrestarlo inmediatamente. Sin embargo continúa su discurso en un tono de voz cada vez más elevado, Nietzsche, Sartre, Foucault… nombres que no conozco se suceden unos a otros y empiezan a quebrar algo dentro de mí. Comienzo a perder las certezas que las matemáticas me han proporcionado. Siento un vértigo repentino y cierro mis ojos instintivamente. Un murmullo ha remplazado el silencio de mi mundo. El profesor ha dejado de hablar y mira fijamente hacia donde estoy oculto. Sabe que estoy aquí. Desde su escritorio, con voz firme y segura me pregunta – ¿cuál es tu nombre? – Con lágrimas en los ojos le respondo: “No lo sé”.

Microrrelato ganador y finalista en la categoría “Amigos de la UNED”

Microrrelato ganador: “La última palabra“, autor Esperanza López Moragues, de Palma de Mallorca (España)

Desde que el ingeniero biomecánico danés Baldur Einarsson creó un algoritmo matemático que instaló en un sencillo dispositivo del tamaño de un mando de garaje, ya nada volvió a ser igual. Permitió entender el lenguaje de todas y cada unas de las especies y subespecies animales de la tierra. Se construyeron varios prototipos del artilugio, bautizado como TPH, y repartido entre la elite de la comunidad científica mundial. Los investigadores estaban entusiasmados, y no dudaron en utilizar el pequeño aparato, primero con los animales de sus laboratorios y, más tarde, con las propias mascotas de sus familias. No tardó la prensa en conocer el invento y se creó gran expectación mundial. Todo el mundo quería el TPH. Baldur Einarsson se hizo archimillonario de la noche a la mañana. A consecuencia de eso, no volvió a pisar el suelo de un laboratorio, se compró media docena de villas en los lugares más selectos e incontaminados del mundo y se dedicó a disfrutar del “dolce far niente”, alejado de las polémicas consecuencias de su creación. En cada casa había dos, y hasta tres y cuatro transphones TPH. Lo llevaba el padre y la madre como llaveros, lo llevaban los hijos colgados a modo de medalla. Hasta las propias mascotas llevaban uno, si su tamaño lo permitía. Inmediatamente surgieron los conflictos. Una cadena de TV dio voz a un can de raza indefinida y múltiples cicatrices en su cuerpo, sobre las atrocidades ejecutadas en la privacidad de los laboratorios sobre toda clase de animales indefensos. Un toro semental también reclamó su derecho a montar una vaca, ya que había engendrado diez mil terneros y jamás había saboreado las mieles del sexo opuesto. Se dividió el mundo entre los partidarios de escuchar y atender las peticiones de los animales y los que hicieron caso omiso. Se crearon comisiones, partidos, a favor y en contra. No se resolvió nada. Baldur Einarsson murió a consecuencia de una coz de su soberbio caballo árabe. Había ignorado en repetidas ocasiones su petición de disponer de un establo más acorde a su linaje.

Microrrelato clasificado en segundo lugar: “Busco a Holden Caulfield”, autor Ernesto Ortega Garrido, de Madrid (España)

Busco a Holden Caulfield. Tiene 17 años y una mancha gris en el pelo, aunque suele llevar gorra. Fuma y se expresa con tacos. He dejado su descripción en todos los multicentros. No será fácil dar con él. Fue creado en 1951, hace ya 100 años, pero su perfil aún se corresponde con el de la mayoría de los adolescentes. Con Lolita fue más sencillo. La localicé en un prostíbulo ilegal de Alcorcón Las Vegas. Con su historial no hubiese podido acabar en otro sitio. Era tan bella como la había imaginado, aunque más alta. Cuando le dije que no existía, que solo era un personaje de ficción, se contorneó ante mí y se pasó la lengua por los labios: “Tú crees que esto no es real”, me dijo. Después se echó a llorar, me suplicó que no la borrase, que podía ser tan auténtica como yo. Reconozco que dudé. Sus lágrimas parecían tan sinceras. Me pregunto cómo hubiese sido hacer el amor con ella. ¿Hubiese distinguido sus gemidos de los de una prostituta de verdad? Ellos no saben que solo son personajes. Se creen reales, pero son falsos, producto de la mente de algún escritor. No podemos dejar que se mezclen con nosotros. Con el desarrollo de la tecnoliteratura y los libros virtuales estaban bajo control, pero tras el sabotaje del sistema bibliotecario universal unos pocos consiguieron liberarse. Me eligieron para identificarlos y borrarlos. Tuve que leerme cada libro, aprenderme sus rasgos, ponerme en su piel. Algunos apenas opusieron resistencia, como el coronel Aureliano Buendía. Lo encontré en la Plaza Mayor, desubicado, reclamando unas monedas a los turistas para comer. Él. Todo un coronel. Nunca debió salir de Macondo. Ya casi he logrado borrarlos a todos. Después de Holden, solo me quedará Mr Ripley: el más difícil. Lo he tenido cerca muchas veces, pero siempre se me escabulle. Tiene tanto talento que intuyo que él sí sabe que es irreal. Tengo la impresión de sigue mis pasos y me observa. Quizás sea el cansancio. Hace semanas que me cuesta dormir y ya nunca sueño con ovejas eléctricas.